Sáhara Occidental: Un portal francés desnuda el lobbying de París ante las capitales europeas

Francia siempre ha ayudado al Majzén en su empresa colonial y criminal en el Sáhara Occidental.

El embajador de Francia en Marruecos, Stéphane Lecouturier, llegó a reconocer que fueron cazas Rafale de París los que bombardearon a los combatientes saharauis, así como a las mujeres y los niños de ese país, durante la invasión de 1975. Así, durante medio siglo, París nunca ha rectificado su postura.

Una prueba nueva y contundente nos fue administrada durante la votación en el Consejo de Seguridad de la ONU el pasado 31 de octubre. La diplomacia francesa tuvo que luchar arduamente para conseguir que sus socios europeos se adhirieran a la resolución de la ONU que establece el plan de autonomía marroquí como la base de las futuras discusiones.

Detrás de esta votación hay un intenso trabajo de influencia entre bastidores, en un contexto de desacuerdos y presiones políticas. Mientras Washington pilotaba el texto final presentado el 31 de octubre al Consejo de Seguridad, a París se le encomendó una misión delicada: convencer a los Estados europeos representados en la ONU —Dinamarca, Grecia y Eslovenia— de que apoyaran una resolución considerada «desequilibrada» y demasiado favorable a Marruecos.

En Atenas, en Liubliana y en Copenhague, el primer borrador del texto estadounidense, transmitido a mediados de octubre, suscitó inquietudes. Grecia temía que tal precedente pudiera ser explotado por Turquía en el caso chipriota.

Eslovenia, apegada a la noción de autodeterminación por su propia historia, consideró que la versión inicial era contraria al derecho internacional. En cuanto a Dinamarca, se preguntaba por las implicaciones del texto frente a las recurrentes pretensiones estadounidenses sobre Groenlandia. Los embajadores de Francia destinados en estas capitales multiplicaron las reuniones para recoger las enmiendas deseadas.

En Rabat, el embajador francés Christophe Lecourtier, por su parte, recordó a sus homólogos europeos «la necesidad de no bloquear» la resolución, aunque ello supusiera atenuar el tono sin modificar el fondo: mantener el plan de autonomía marroquí en el centro del dispositivo de la ONU.

Para convencer a Liubliana, la más reacia, Emmanuel Macron se desplazó en persona en octubre, oficialmente para celebrar la asociación estratégica franco-eslovena. Entre bastidores, el objetivo era claro: neutralizar las reticencias eslovenas, reforzadas por el acercamiento energético con Argel.

Luego, el ministro de Asuntos Exteriores francés, Jean-Noël Barrot, auxiliado por Ursula von der Leyen, tomó el relevo para limar asperezas en Bruselas. A pocas horas de la votación, Barrot conversó en dos ocasiones con la ministra eslovena Tanja Fajon para evitar cualquier deserción.

Finalmente, Liubliana votó «sí», no sin recordar que el Sáhara Occidental sigue siendo un territorio no autónomo, de conformidad con el derecho internacional.

Rabat prepara una nueva versión del plan de autonomía

A la sombra de esta maniobra diplomática, Rabat prepara una nueva versión «enriquecida» de su plan de autonomía de 2007, elaborada con el concurso del ministro francés de Asuntos Exteriores e inspirada en los intercambios entre Nasser Bourita y Emmanuel Macron durante la visita oficial de 2024.

Este documento, de varias decenas de páginas, debería ser presentado a Staffan de Mistura, el enviado personal del secretario general de la ONU, en el transcurso del mes de noviembre.

Oficialmente, se tratará de «modernizar» el texto marroquí. Oficiosamente, es un intento de legitimación de un hecho consumado, bajo el patrocinio de París y la benevolencia de Washington, en desprecio del derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui. Bajo la apariencia de diplomacia multilateral, Francia se ha transformado en un representante comercial del Majzén.

Detrás de la última resolución de la ONU sobre el Sáhara Occidental, adoptada el 31 de octubre, se esconde un intenso mercadeo político liderado por París ante sus socios europeos, en desprecio del derecho internacional y del principio de autodeterminación.

Ya no es un secreto: la diplomacia francesa ahora aboga por la causa del Majzén. Encargada de convencer a las capitales europeas de que votaran a favor de la resolución estadounidense sobre el Sáhara Occidental, París se entregó a un trabajo de cabildeo descarado, forzando la mano de sus socios del Norte y del Este para que se aprobara un texto sesgado que erige el «plan de autonomía marroquí» como base exclusiva de discusión.

En Atenas, en Liubliana y en Copenhague, las primeras reacciones fueron negativas. Demasiado desequilibrada, demasiado promarroquí, demasiado contraria al derecho de los pueblos.

Grecia temió un precedente explotable por Turquía en Chipre. Eslovenia, fuerte por su experiencia histórica de secesión, denunció un ataque directo a la soberanía de los pueblos. Pero a Francia no le importó.

Sus diplomáticos insistieron, recordando que un rechazo de la resolución corría el riesgo de provocar «el fin de la MINURSO» —un chantaje diplomático en toda regla—. En Rabat, el embajador Christophe Lecourtier dirigió la maniobra, transmitiendo las consignas del Elíseo: no contrariar al Majzén bajo ningún concepto. Esta diplomacia de pasillo no buscaba la paz, sino la legalización progresiva de la ocupación.

Desde que Washington impuso el reconocimiento del Sáhara como marroquí, Francia se ha dedicado a dar una fachada legal a un proyecto ilegal. Se ha convertido así en cómplice de un mecanismo bien engrasado: transformar una anexión colonial en una solución política “pragmática”, en nombre de la estabilidad y de los intereses comerciales.

Detrás de esta hipocresía diplomática, Rabat prepara una nueva versión de su plan de autonomía de 2007, reescrita con la ayuda del Quai d’Orsay e inspirada en las discusiones entre Nasser Bourita y Emmanuel Macron durante la visita de este último a Marruecos en 2024. «Cuando la ley es reemplazada por la connivencia, el derecho de los pueblos se convierte en una variable de ajuste al servicio del beneficio.»

El Sáhara Occidental sigue siendo un territorio ocupado, y su población, un pueblo desposeído. Francia, al erigirse en cabildera del Majzén, se aleja del derecho para revolcarse en la realpolitik, traicionando a la vez el espíritu de la Carta de las Naciones Unidas y su propia historia.

Bajo las banderas del comercio y la asociación, legitima la ley del más fuerte. Pero la mentira diplomática, por muy bien urdida que esté, no podrá sofocar indefinidamente la verdad: el Sáhara no es marroquí, está a la espera de justicia.

Source : La patrie news, 08/11/2025

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