Luchar desde las sombras: el papel estratégico de las redes subterráneas en la guerra moderna
Resumen del artículo del Dr. Kristian Alexander
El campo de batalla contemporáneo ya no se limita a la superficie. Ahora también se extiende al subsuelo, donde túneles, búnkeres e infraestructuras enterradas se han convertido en herramientas militares de gran importancia. Para actores con capacidades convencionales inferiores, estas redes ofrecen un medio eficaz para contrarrestar la superioridad tecnológica de sus adversarios.
El uso militar de los túneles no es nuevo. Desde los asedios de la Antigüedad hasta la guerra de Vietnam, los túneles han cumplido funciones ofensivas y defensivas, además de servir para el abastecimiento, la ocultación y la movilidad. Los famosos túneles de Cu Chi utilizados por el Viet Cong ilustran bien esta lógica: permitían mover tropas, armas y suministros evitando la potencia de fuego estadounidense.
Hoy en día, esta estrategia es especialmente visible en Oriente Medio. Hamás ha desarrollado en Gaza una vasta red subterránea conocida a menudo como el “Metro de Gaza”. Estos túneles funcionan como centros de mando, corredores de desplazamiento, depósitos de armas y plataformas para emboscadas. Su ubicación bajo zonas civiles hace que sean especialmente difíciles de neutralizar.
Hezbolá, en el Líbano, también ha invertido considerablemente en túneles transfronterizos y búnkeres excavados profundamente en la roca. Estas infraestructuras ofrecen movilidad, ocultación y resistencia frente a sistemas avanzados de vigilancia.
En Yemen, los hutíes han llevado esta estrategia aún más lejos. Han construido complejos militares subterráneos que albergan centros de mando, fábricas de misiles, instalaciones de radar y centros de producción de drones. Estas estructuras les han permitido resistir años de bombardeos aéreos.
Desde el punto de vista táctico, las redes subterráneas transforman profundamente la guerra moderna. Reducen la eficacia de drones, satélites y ataques de precisión. Ayudan a preservar los sistemas de mando y control, facilitan emboscadas y permiten el desplazamiento discreto de combatientes. Al obligar a los ejércitos convencionales a realizar operaciones terrestres lentas y costosas, modifican el ritmo de las campañas militares.
El combate subterráneo sigue siendo extremadamente difícil. Los soldados operan en espacios estrechos, oscuros y llenos de trampas, donde el GPS no funciona. La comunicación es limitada, la desorientación es frecuente y la presión psicológica es intensa. Incluso las fuerzas mejor entrenadas tienen grandes dificultades en este entorno.
Para hacer frente a esta amenaza, los ejércitos están desarrollando nuevas respuestas. Invierten en radares de penetración terrestre, sensores sísmicos, robots terrestres y minidrones capaces de cartografiar túneles. Unidades especializadas como los “Tunnel Rats” estadounidenses en Vietnam o la unidad israelí Yahalom muestran esta adaptación progresiva.
Sin embargo, según Kristian Alexander, el principal problema suele ser estratégico: las redes subterráneas a menudo se subestiman hasta que provocan una gran sorpresa. El autor sostiene que los túneles ya no son una táctica marginal, sino un verdadero ámbito operacional.
En conclusión, la guerra subterránea se ha convertido en una de las características definitorias de los conflictos híbridos. Los túneles permiten a actores no estatales sobrevivir, golpear de manera imprevisible y desafiar las ventajas tradicionales de los ejércitos modernos. El campo de batalla, por tanto, ya no se limita a la tierra, el mar y el aire: ahora también se extiende bajo nuestros pies.
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