Sahara Occidental : Unidad nacional no significa unidad de opinión (Abogado Salamu Ahmed)

La pregunta que algunos deberían hacerse no es por qué hay personas que piden cambiar, sino por qué después de tantos años hay todavía tantas cosas que necesitan ser cambiadas en la situación actual en el Sáhara Occidental y el Frente Polisario.

Hay momentos en la vida de un movimiento político en los que una palabra comienza a utilizarse tanto que termina perdiendo su verdadero significado. En nuestro caso, una de ellas es la unidad.

La unidad nacional es un principio fundamental. Nadie que comprenda la naturaleza de nuestra lucha puede cuestionar la necesidad de permanecer unidos alrededor de nuestra causa nacional, de nuestros derechos y de nuestro proyecto de independencia.Pero una cosa es la unidad nacional y otra muy diferente es la unidad de opinión.

La primera nos une alrededor de una causa común. La segunda pretende que todos pensemos exactamente igual, que todos aprobemos las mismas decisiones y, sobre todo, que nadie cuestione a quienes ejercen responsabilidades.Y ahí comienza el problema.

Porque cuando un militante, un ciudadano o un responsable político pide renovación, rectificación, transparencia o cambios en determinados métodos de dirección, no está necesariamente atacando la unidad. Puede estar intentando precisamente fortalecerla.

Sin embargo, hemos llegado a una situación preocupante en la que determinadas voces pretenden presentar cualquier crítica como una amenaza contra la unidad, como si cuestionar una decisión fuera cuestionar la causa, o como si pedir renovación significara ponerse al lado del enemigo.¿Desde cuándo pedir que las cosas funcionen mejor constituye una traición?

La crítica responsable no destruye una organización. Lo que puede destruirla es la incapacidad de escucharla.Una organización política que pretende representar las aspiraciones de un pueblo no puede tener miedo a sus propios militantes, ni considerar sospechoso a todo aquel que plantea preguntas incómodas.Y mucho menos puede utilizar permanentemente el argumento de la unidad para evitar cualquier debate sobre la renovación.

Porque si cada vez que alguien reclama cambios aparece inmediatamente la acusación de división, entonces la palabra « unidad » deja de ser un instrumento de cohesión y se convierte en un mecanismo para silenciar el desacuerdo.

La unidad nacional nos obliga a defender juntos nuestra causa; no nos obliga a pensar todos de la misma manera sobre cómo defenderla.

Precisamente por eso, la renovación no debería ser presentada como una amenaza.Renovar no significa borrar la historia.Rectificar no significa renunciar a los principios.

Criticar no significa traicionar.Y discrepar no significa dividir.

Al contrario: reconocer los errores, corregir los métodos y permitir que nuevas generaciones y nuevas ideas participen en la dirección puede ser una de las formas más responsables de preservar la continuidad de cualquier proyecto político.

El verdadero peligro aparece cuando quienes llevan años ocupando responsabilidades comienzan a confundir la estabilidad de la organización con la permanencia de determinadas personas en sus cargos.

Una cosa es defender las instituciones y otra muy distinta es utilizar las instituciones para defender posiciones personales.Por eso, cuando se aproxima un congreso, la pregunta no debería ser quién ha pedido renovación, sino por qué existe tanto miedo a hablar de renovación.

No deberíamos preguntarnos quién está dividiendo al movimiento por reclamar cambios, sino si nuestro sistema político ofrece suficientes espacios para debatir esos cambios de manera abierta, responsable y democrática.

Porque una causa nacional no puede depender de que todos sus miembros permanezcan eternamente en silencio.Y aquí conviene decirlo con absoluta claridad: Si para preservar la unidad necesitamos convertir al crítico en culpable, entonces ya no estamos defendiendo la unidad: estamos defendiendo el inmovilismo. La unidad verdadera no teme a la crítica. La unidad verdadera escucha.

La unidad verdadera permite discrepar sin convertir al discrepante en enemigo. La unidad verdadera sabe que un pueblo puede estar unido en torno a su causa y, al mismo tiempo, debatir profundamente sobre sus dirigentes, sus métodos, sus instituciones y su futuro.

Por eso, quienes hoy reclaman renovación no deberían ser incriminados por hacerlo. Deberían ser escuchados. Porque quizá la pregunta que algunos deberían hacerse no es por qué hay personas que piden cambiar, sino por qué después de tantos años hay todavía tantas cosas que necesitan ser cambiadas.

La unidad nacional es demasiado importante como para convertirla en una excusa contra la renovación.

Salamu Ahmed

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