Sahara Occidental : Para Marruecos, la autovía de Dajla pasa por Ceuta para cobrar el peaje de Trump

El episodio ilustra hasta qué punto el conflicto del Sáhara Occidental, abierto desde la retirada española del territorio en 1975, ha dejado de ser una cuestión exclusivamente ligada al derecho internacional y a Naciones Unidas para integrarse en una arquitectura geopolítica más amplia, en la que Estados Unidos, Marruecos e Israel avanzan alineados mientras Madrid y Bruselas observan cómo se estrecha el margen de maniobra diplomático en el Mediterráneo occidental.

El regreso de Trump revive la apuesta de Rabat por el Sáhara Occidental, mientras la relación con Madrid se deteriora entre reproches migratorios y presión diplomática

Cinco años después de que Marruecos se sumara a los Acuerdos de Abraham a cambio del reconocimiento estadounidense de su soberanía sobre el Sáhara Occidental, el pacto vuelve a marcar la agenda diplomática del norte de África. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha reactivado las expectativas de Rabat, al tiempo que ha tensado hasta el límite sus relaciones con España, sacudida esta semana por una crisis migratoria sin precedentes en Ceuta.

El precio de la normalización con Israel

El entendimiento se remonta a diciembre de 2020, cuando la primera Administración Trump reconoció oficialmente la soberanía marroquí sobre el territorio saharaui a cambio de que Rabat restableciera relaciones diplomáticas con Israel. Aquel acuerdo, que incluyó cooperación militar, de inteligencia y tecnológica entre Marruecos e Israel, situó al reino alauí como uno de los socios más valiosos de Washington en la región.

La llegada de Joe Biden a la presidencia congeló el impulso político de aquel proceso, aunque Washington mantuvo formalmente el reconocimiento. La incertidumbre se prolongó hasta el regreso de Trump al poder, cuando Rabat recuperó la esperanza de ver reforzada su posición internacional sobre el Sáhara.

Una resolución con nombre y apellidos

La presión estadounidense se tradujo en octubre de 2024 en la resolución 2756 del Consejo de Seguridad de la ONU, que respaldó la propuesta marroquí de autonomía como vía para resolver el conflicto saharaui. El ministro de Exteriores marroquí, Nasser Bourita, celebró entonces el creciente apoyo de los miembros permanentes del Consejo a la soberanía de Rabat sobre el territorio y a su iniciativa de autonomía. El Frente Polisario, por su parte, insistió en que el plan de arreglo de Naciones Unidas sigue siendo el único marco válido para resolver la cuestión.

Las negociaciones abiertas a raíz de la resolución, sin embargo, no han producido avances sustanciales, y el proceso volvió a quedar en un segundo plano mientras la Administración Trump concentraba su atención en el conflicto con Irán.

Ese impasse se ha roto en los últimos días. Trump remitió a comienzos de agosto una carta al rey Mohamed VI con motivo del 27º aniversario de su coronación en la que reafirmó el respaldo de Washington a la soberanía marroquí y calificó de inaceptable cualquier alternativa a la propuesta de autonomía. El presidente estadounidense subrayó además el papel de Marruecos como socio en materia de seguridad regional y lucha contra el extremismo.

La autopista que lleva su nombre

El acercamiento entre ambos países se ha escenificado también con gestos simbólicos. A finales de julio, Rabat anunció que la autovía de 1.055 kilómetros que conecta Tiznit con Dajla, atravesando el Sáhara Occidental, pasaría a llamarse « Autopista Presidente Donald J. Trump ». La infraestructura, en construcción desde 2015 y con una inversión cercana a los 1.000 millones de dólares, conducirá hasta el futuro Puerto Atlántico de Dajla, previsto para 2028. Trump agradeció el homenaje a través de su red Truth Social y afirmó que espera recorrer algún día la totalidad del trazado.

España, entre el Polisario y la migración

Mientras Rabat estrecha lazos con Washington, su relación con Madrid atraviesa uno de sus momentos más delicados. En los últimos días, más de 60.000 personas han cruzado hacia Ceuta desde territorio marroquí, en una avalancha migratoria que ha desbordado a las autoridades españolas y reabierto el debate sobre el uso de los flujos migratorios como instrumento de presión diplomática. El Ministerio de Asuntos Exteriores español ha negado cualquier relación entre el episodio y la reciente visita del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a Argelia, rival regional de Marruecos y valedor histórico del Frente Polisario.

La crisis se suma a un contexto en el que las posiciones españolas, y europeas en general, favorables a la causa palestina han generado fricciones con Washington. Analistas y medios internacionales han señalado que los gestos de Rabat hacia Trump —desde el respaldo a su agenda regional hasta el bautizo de la autopista— buscan también consolidar la imagen de Marruecos como socio fiable frente a otros actores europeos menos alineados con la Casa Blanca.

Un tablero que se recompone

El episodio ilustra hasta qué punto el conflicto del Sáhara Occidental, abierto desde la retirada española del territorio en 1975, ha dejado de ser una cuestión exclusivamente ligada al derecho internacional y a Naciones Unidas para integrarse en una arquitectura geopolítica más amplia, en la que Washington, Rabat y Tel Aviv avanzan alineados mientras Madrid y Bruselas observan cómo se estrecha el margen de maniobra diplomático en el Mediterráneo occidental.

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