Cuando los hijos de los fundadores regresan al frente… ¿Qué queda de las promesas de la ONU?

Hoy, el hijo de Mohamed Abdelaziz vuelve al centro de la escena, no como un heredero político, sino como un combatiente caído en el campo de batalla. Es como si el Sahara Occidental le dijera al mundo que los hijos de quienes firmaron los acuerdos de paz con la ONU son los mismos que vuelven a tomar las armas tras haber perdido la fe en las promesas internacionales.

La muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz, hijo del difunto presidente saharaui Mohamed Abdelaziz, no fue solo una noticia militar más que añadir a los partes de guerra intermitentes entre Marruecos y el Frente Polisario. En el Sahara, las personas no mueren solas; con ellas regresa la memoria y las viejas preguntas resurgen de entre los escombros de las resoluciones internacionales postergadas.

El hombre murió mientras lideraba, según el comunicado de la presidencia saharaui, ataques contra posiciones de las fuerzas marroquíes a lo largo del muro de arena. Sin embargo, el significado del evento va más allá de los detalles de la batalla misma. El hijo que cayó hoy pertenece a una generación que alguna vez creyó que las Naciones Unidas pondrían fin a este conflicto mediante el referéndum de autodeterminación prometido a los saharauis desde hace más de tres décadas.

En 1991 se firmó el acuerdo de alto el fuego entre Marruecos y el Frente Polisario bajo los auspicios de la ONU, y se creó la misión de la MINURSO para supervisar el referéndum. Pero los años se convirtieron en décadas, el referéndum siguió aplazado y las nuevas generaciones crecieron dentro de los campamentos de refugiados, viendo a la comunidad internacional incapaz de cumplir sus compromisos.

Mohamed Abdelaziz, el difunto presidente saharaui, fue una de las figuras más destacadas que apostó por la vía de la ONU, liderando el Frente durante más de cuarenta años, transitando entre el lenguaje del fusil y el de la diplomacia. Sin embargo, falleció en 2016 sin ver el final del conflicto que marcó toda su vida política.

Hoy, su hijo regresa a la primera línea, no como heredero político, sino como un combatiente que cae en el campo de batalla. Es como si el Sahara le dijera al mundo que los hijos de quienes firmaron los acuerdos de paz son los mismos que hoy empuñan las armas tras haber perdido la fe en las promesas internacionales.

Marruecos, por su parte, ve el panorama desde una perspectiva totalmente diferente. Tras el reconocimiento estadounidense de su soberanía sobre el Sahara a finales de 2020 y la ampliación del apoyo a su iniciativa de autonomía, Rabat considera que el equilibrio de poder político y diplomático se inclina a su favor, y que una solución realista debe darse dentro de la soberanía marroquí, no a través de un referéndum que considera superado.

Entre estas dos visiones, las Naciones Unidas permanecen en la misma zona gris en la que han estado durante décadas; prorrogando el mandato de su misión año tras año y pidiendo contención, sin tener la capacidad ni la voluntad de imponer un acuerdo definitivo.

La muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz recuerda a todos que los conflictos congelados no son conflictos terminados, y que los expedientes archivados durante demasiado tiempo en los cajones de la diplomacia pueden volver a la primera línea al son de los cañones.

La verdadera pregunta no es quién ganó una ronda militar aquí o allá, sino: ¿qué pasa cuando las nuevas generaciones pierden la fe en las soluciones políticas?

Cuando los hijos de los pacificadores se convierten en combatientes, la crisis se vuelve más profunda que una simple disputa fronteriza y se transforma en una crisis de confianza en el propio sistema internacional. La ONU ha logrado gestionar el conflicto, pero hasta ahora ha fracasado en resolverlo. En el Sahara, el tiempo no parece medirse en años, sino en el número de entierros que pasan, mientras el asiento reservado para la solución final sigue vacío.

Quizás lo más preocupante de este escenario es que una nueva generación empieza a heredar un conflicto en cuya creación no participó. En el lado marroquí, el príncipe heredero Moulay El Hassan aparece como símbolo de la continuidad del Estado y de sus opciones estratégicas. En el lado saharaui, Lahbib Mohamed Abdelaziz cayó en combate, siendo hijo de un hombre que dedicó la mayor parte de su vida a apostar por la vía de la ONU. Entre ambas imágenes surge una pregunta que no solo atañe al presente, sino también al futuro: ¿tendrá éxito la política donde fracasó la guerra, o los hijos de hoy se encontrarán cargando con el peso de un conflicto que empezó antes de que nacieran?

Quizás por eso, la noticia de la muerte del hijo del expresidente saharaui no es solo una noticia de guerra, sino un doloroso recordatorio de que la historia, cuando se deja sin resolver, se vuelve a escribir con nuevos nombres y nueva sangre.

A la espera de la respuesta, las arenas del Sahara seguirán siendo testigos del conflicto más largo que los fusiles no pudieron terminar y que la diplomacia no logró extinguir. Y la pregunta sigue flotando en el espacio de las Naciones Unidas desde hace más de tres décadas:
¿Heredarán las próximas generaciones una guerra que no eligieron?

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