Investigación: Marruecos persigue a Mehdi Hijaouy, un alto cargo de los servicios secretos marroquíes, actor y testigo de las jugadas sucias del régimen, hoy refugiado en el extranjero.
El cerco se cierra sobre Mehdi Hijaouy. Desde 2024, este espía de 53 años desertó del reino jerifiano, llevándose consigo secretos incómodos sobre el Majzén —las redes de poder que rodean al palacio real— y arrastrando en su huida a su círculo familiar y a sus redes profesionales. Y es que Mehdi Hijaouy ocupó puestos importantes dentro del temible aparato de seguridad marroquí. Entre marzo de 2025 y febrero de 2026, 42 personas fueron investigadas, procesadas y condenadas por estafa y «complicidad de asistencia a un criminal en fuga». Su exesposa fue condenada a tres años de prisión firme en 2025. Será juzgada de nuevo en apelación en junio. Entre los implicados figuran también el hermano del jefe de seguridad del príncipe heredero, Mulay Hasán, y varios comisarios de policía. Mehdi Hijaouy, por su parte, vive escondido. Rebobinemos.
Un expediente acusatorio
Verano de 2024. Con la reconciliación franco-marroquí, París ya no es una fiesta para Mehdi Hijaouy. El espía del rey, en plena ruptura con el régimen, sabe que sus días en la capital francesa están contados. Emmanuel Macron acaba de reconocer la marroquinidad del Sáhara Occidental, antigua colonia española en el centro de una disputa diplomático-territorial que dura ya cuarenta años entre Argel y Rabat. Este alineamiento con la posición de Mohamed VI constituye el epílogo de una profunda crisis franco-marroquí, desencadenada tres años antes por el descubrimiento de un número de teléfono del presidente francés en la lista de objetivos del software israelí Pegasus, puesto gratuitamente a disposición de la policía marroquí por los Emiratos Árabes Unidos.
Para Mehdi Hijaouy, antiguo cuadro de alto rango de la Dirección General de Estudios y Documentación (DGED) marroquí —el servicio de espionaje exterior—, este deshielo diplomático no es una buena noticia. En las calles de la capital francesa, la vigilancia se ha intensificado a su alrededor y al de su familia. Varios de sus antiguos colegas le pisan los talones. El 10 de septiembre, su esposa, Sarra, presenta una denuncia en una comisaría del distrito VIII para reportar los seguimientos, un informe documentado que Libération pudo consultar. Adjunta a su declaración fotos de sus perseguidores marroquíes tomadas in fraganti: tomando un zumo de limón en una cafetería, deambulando por los pasillos de una perfumería o caminando por una acera con el móvil pegado a la oreja. El asunto es delicado. El espía, que en ese momento se aloja en el hotel Saint-Augustin del Círculo Nacional de los Ejércitos, es lo que se llama un «pez gordo». Ocupó puestos clave en la DGED y luego habría trabajado para Fouad Ali El Himma, consejero de Mohamed VI y cerebro político y de seguridad del palacio, hasta el punto de ser apodado el «virrey».
En Rabat, las autoridades marroquíes armaron un expediente acusatorio e iniciaron acciones judiciales contra Mehdi Hijaouy y sus allegados: se le acusa sucesivamente de «estafa», «ayuda a la inmigración ilegal» y «pertenencia a una organización criminal». En septiembre de 2024 se transmitió una orden de arresto internacional a Interpol para su difusión.
El exiliado voluntario abandona París rumbo a Madrid, desde donde las autoridades marroquíes no tardan en reclamar su detención con fines de extradición. Un juez español le confisca el pasaporte y le obliga a personarse en la comisaría a la espera de una vista que decida su suerte. Durante un encuentro con el CNI, el servicio de inteligencia nacional español, Hijaouy comprende que va a ser entregado a Rabat. El quincuagenario pone pies en polvorosa hacia un destino desconocido, llevándose consigo sus secretos sobre las intrigas y las jugadas sucias fraguadas en las trastiendas del poder real marroquí. Esto lo convierte en alguien peligroso para una gran parte del aparato de seguridad.
Sangre y sudor
Servidor celoso de la monarquía, Mehdi Hijaouy se salió de la norma hace cinco años cuando decidió posicionarse públicamente a favor de los hermanos Azaitar, unos luchadores marroquí-alemanes de MMA muy íntimos del rey. La omnipresencia de Abu y Ottman Azaitar en la vida privada de Mohamed VI era considerada en ese momento por el entorno institucional del monarca como tóxica, e incluso peligrosa. Irritaba hasta tal punto que se inició una virulenta campaña de prensa en los medios de comunicación cercanos a los círculos de seguridad. Habituados a los ataques por encargo contra opositores, periodistas, jefes de Estado extranjeros o intelectuales en el punto de mira del poder, esta vez arremetieron contra los protegidos del rey.
Y es que las maneras de estos deportistas de relaciones dudosas están en las antípodas de los códigos vigentes en los salones del Dar el Majzén. Apodados los «gángsters del Ferrari», los luchadores de jaula estaban en la mira de los asesores del rey. Se les reprochaba presumir en las redes sociales al volante de los coches de lujo del garaje real, lucir relojes de colección de más de 100.000 euros la unidad y exhibir sus pectorales. El acoso mediático pretendía incitar a Mohamed VI a alejarlos de su lado. No sirvió de nada: al monarca le gusta rodearse de amigos, artistas o deportistas, a menudo de origen africano, hechos a sí mismos y que han logrado imponerse en su ámbito gracias a su talento, su sudor o su sangre. Ocurre así con Gims, imputado recientemente en París por «blanqueo agravado», con el judoca multimedallista olímpico Teddy Riner, amante como él de los coches potentes, o con deportistas menos conocidos, como un campeón de Jiu-jitsu originario de Ceuta.
Y, por supuesto, con los hermanos Azaitar. Maestro en artes marciales, Mehdi Hijaouy comparte su pasión por los de deportes de contacto con los atletas de la corte, a quienes frecuenta y aprecia. En diciembre de 2021, en la web de la cadena israelí francófona i24, llevó la contraria a los jerarcas del palacio. No dar a los hermanos Azaitar un estatus oficial equivaldría a «cortar la rama sobre la que estamos sentados», clamó también en una columna publicada en la revista marroquí Challenge. Estaba convencido de ello: los hermanos Azaitar podrían ayudar a formar a los profesionales de la seguridad del reino en artes marciales. Comunicada al rey, la propuesta fue enterrada por sus asesores.
Dos años más tarde, Mehdi Hijaouy volvió a saltarse el protocolo ante el entorno real al hacer llegar directamente al monarca un Libro Blanco. Pretendía «ofrecer a Su Majestad una recopilación de contribuciones de inteligencia de seguridad y una reflexión sobre lo que debería ser la inteligencia del mañana». El documento, que Libération pudo consultar, reúne una serie de artículos escritos por el autor, complementados con propuestas y recomendaciones. Se ignora si Mohamed VI leyó este informe por iniciativa propia. En cualquier caso, esta reincidencia fue percibida como una afrenta, e incluso como una amenaza, dentro de una corte donde el poder de los cortesanos se mide por su acceso al soberano.
Convertido en alguien radiactivo, Mehdi Hijaouy desapareció de la escena. Los rumores, alimentados por la opacidad de la corte, crecieron. ¿Se inscribía su proceder en una guerra de clanes en este periodo de fin de reinado, en el que el rey ya no asume ocultar su deteriorado estado de salud? ¿Jugaba una ambiciosa carta personal con vistas al escenario posterior a Mohamed VI? ¿O es el estafador que describen algunos medios marroquíes?
En buena escuela
Mehdi Hijaouy nació en Alemania hace cincuenta y tres años, hijo de un militar graduado en Saint-Cyr que fue agregado de defensa en una embajada y muy apreciado por el difunto rey Hasán II. También es sobrino de un coronel marroquí que murió durante la guerra de Yom Kipur en el frente del Golán, junto a los ejércitos árabes. El joven Mehdi, que gravitaba en la órbita de la corte, ingresó en la DGED en 1994. Aprendió el oficio de agente secreto sobre el terreno y ascendió poco a poco en el escalafón hasta convertirse en «controlador general». El espía realizó cursos de formación en servicios extranjeros y en el año 2000 consiguió una estancia de prácticas en el Mossad y en el Shin Bet israelí, con los que la DGED colabora activamente, según asegura un buen conocedor de su trayectoria: «Con ellos se aprende a eliminar a un terrorista de forma rápida y limpia. Fue el primer alumno en prácticas marroquí de los israelíes y, en señal de agradecimiento, regaló una pipa de colección a Meir Dagan, el jefe del Mossad».
En 2005, Amos —su nombre en clave— dirigía el servicio de acción y la oficina de seguridad interna de la DGED. Formaba parte de los viajes oficiales del rey a África y dirigía misiones en Francia, España y el Benelux. En el escenario europeo, su agencia se saltaba, cuando lo consideraba necesario, los códigos de buena conducta entre países amigos. Elevada al rango de causa «existencial», la defensa de la marroquinidad del Sáhara Occidental es la misión prioritaria de los agentes marroquíes. Esta pasa por una «guerra de sombras» con sus rivales argelinos y sus aliados saharauis del Frente Polisario. Allá donde pueden, los agentes corrompen a personalidades susceptibles de apoyar la política del reino e infiltran los ambientes islamistas.
Tras desarrollar su carrera en la DGED, Mehdi Hijaouy fue comisionado a partir de 2017 ante el asesor real encargado de la coordinación de los servicios de seguridad marroquíes. Él mismo lo presume en su Libro Blanco dirigido al rey, explicando que «ejercía las 24 horas del día, los 7 días de la semana, una vigilancia de seguridad estratégica, plasmada en la elaboración de notas de alcance estratégico y prospectivo». En sus nuevas funciones, habría seguido teniendo acceso a información confidencial sobre asuntos como Pegasus. El programa espía habría permitido la presunta vigilancia no solo del teléfono del presidente francés y del presidente del Gobierno español, sino también de miles de personas. Son acusaciones que Marruecos niega, mientras que la investigación judicial de la fiscalía de París, abierta hace cuatro años, avanza a pasos lentos.
Empresarios con reputación de espías clandestinos
Ante el riesgo de perjuicio que representa el fugitivo, Rabat busca por todos los medios minimizar su importancia estratégica en el organigrama de la inteligencia nacional. Según los medios marroquíes, no sería más que un agente subalterno e incompetente, expulsado de la DGED en 2013 y que desde entonces no ejercía ninguna función. Se le presenta bajo la imagen de un elemento secundario poco cualificado y corrompido por el ansia de dinero.
Son afirmaciones que contradice rotundamente Claude Moniquet, director del Centro Europeo de Inteligencia y Seguridad. «Puedo confirmar que Mehdi Hijaouy era claramente el número 2 de la DGED. Dirigía el gabinete de Yassine Mansouri [quien lideraba la DGED] cuando yo trabajaba sobre el Frente Polisario», indica este consultor afincado en Bruselas. «Las reuniones se celebraban en el cuartel general de la DGED en Rabat. También conocí a través de él a Fouad Ali El Himma», el famoso «virrey», precisa el experto, cuya proximidad con el poder marroquí nunca se ha puesto en duda. En un polémico informe publicado en 2010, Moniquet llegó a respaldar la tesis marroquí según la cual el Frente Polisario estaba «sumido en el islamismo radical».
¿Desbordó el activismo de Mehdi Hijaouy hacia prácticas de negocios ilegales? Los medios marroquíes insisten en sus relaciones comerciales con empresarios que tienen reputación de agentes clandestinos o «barbouzes».
Para el abogado William Bourdon, que defiende a Hijaouy, el caso es puramente político. El letrado francés solicitó a la Comisión de Control de los Ficheros de Interpol la eliminación de los datos personales y de la notificación roja de su cliente. «Sus tomas de posición contra la corrupción en el seno del aparato de seguridad, su petición de reforma de los servicios de inteligencia y su denuncia del uso abusif de la tecnología de vigilancia le han valido la hostilidad de los más altos responsables del Estado, en particular la de Abdelatif El Hammouchi, director de la policía, y la de Fouad Ali El Himma, consejero del rey, a quienes implicó públicamente», señala el abogado en la carta remitida a Interpol, que Libération pudo consultar. Como el precio, bien orquestado, de su cercanía con Mohamed VI.
Por Thierry Oberlé
Fuente : Liberation, 07/06/2026
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