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El Majzén está ahora atrapado en su propia trampa. Al querer imponer su plan de autonomía ligero y engañoso, que apenas ocupa cuatro ridículas páginas, hoy se ve obligado a proporcionar sus detalles, algo que le resulta técnica, política y jurídicamente imposible.
Rabat todavía no ha presentado su nuevo y ya malogrado plan de autonomía para el Sáhara Occidental. Dos meses después de la reunión del 10 de noviembre de 2025 en la cúspide del Estado, que supuestamente debía sellar una propuesta definitiva, el documento sigue siendo inexistente. Este silencio no es un simple retraso administrativo. Se ha convertido en la confesión de un callejón sin salida estratégico del Majzén, incapaz de transformar una promesa diplomática en un proyecto político creíble. El Majzén, copiando la política de los hechos consumados de sus amos israelíes, jugó la carta del tiempo.
Le salió mal. El Consejo de Seguridad le exige ahora que detalle su plan de autonomía. Sin embargo, su propia naturaleza feudal se lo impide. Esto deja al descubierto, al mismo tiempo, la magnitud de sus mentiras y de sus maniobras dilatorias. Es cierto, en efecto, que el derecho internacional está plenamente del lado del pueblo saharaui. Por lo tanto, ninguna solución (legal y mutuamente aceptable) es concebible fuera de un referéndum de autodeterminación.
La resolución 2797 del Consejo de Seguridad, adoptada el 31 de octubre de 2025 bajo liderazgo estadounidense, ha colocado al reino frente a una exigencia que temía: una autonomía «verdadera». Es decir, algo distinto de un eslogan reciclado desde 2007 y repetido mecánicamente ante las capitales occidentales. Una autonomía real implica una transferencia de poder, una legitimidad política local, el control de los recursos y, sobre todo, una ruptura con la gestión colonial del territorio. Precisamente eso es lo que Rabat rechaza. De ahí el estancamiento.
El poder colonial marroquí sabe que llevar esta lógica hasta el final abriría una caja de Pandora. Una autonomía auténtica en el Sáhara Occidental haría saltar inmediatamente el cerrojo del Rif, de las regiones marginadas, de los territorios controlados más por la coerción que por el consentimiento. El Majzén gobierna mediante la centralización autoritaria, no mediante el reparto del poder. El plan de autonomía está, por tanto, condenado a permanecer vago, ambiguo y deliberadamente incompleto.
La regionalización avanzada de 2011, a menudo esgrimida como prueba de buena fe, no fue más que un maquillaje institucional. Ningún poder estratégico salió del palacio, ninguna decisión estructurante fue confiada a las poblaciones locales. En los territorios saharauis ocupados, la administración sigue siendo vertical, securitaria y extractiva. Hablar de autonomía en estas condiciones es pura impostura política.
A este fracaso interno se suma una maniobra internacional de brutalidad asumida. Estados Unidos ha decidido neutralizar a la ONU y vaciar a la MINURSO de su sustancia. Los recortes presupuestarios, los despidos selectivos y el borrado progresivo del referéndum de autodeterminación no son daños colaterales, sino una estrategia deliberada. Washington ya no quiere un marco multilateral, demasiado vinculante, demasiado jurídico, demasiado protector del derecho del pueblo saharaui.
La resolución 2797 consagra este giro. El referéndum, corazón del mandato onusiano desde hace más de treinta años, es simple y llanamente eliminado. La relación de fuerzas sustituye al derecho internacional. La MINURSO, ya reducida a un papel de observador impotente, es ahora empujada hacia la salida. El nuevo embajador estadounidense en Rabat ni siquiera se ha molestado en disimular esta intención, evocando una salida anticipada de la misión de la ONU.
Lo que se perfila no es una solución, sino una imposición por la fuerza. Steve Witkoff y Massad Boulos asumen la misión de transformar un conflicto de descolonización en un simple expediente diplomático, negociado entre capitales, lejos de los saharauis. La presencia anunciada de Jared Kushner culmina el cinismo de la operación: el tratamiento del Sáhara Occidental como moneda de cambio en la continuidad de los Acuerdos de Abraham, al mismo nivel que otras causas sacrificadas en el altar de los intereses estadounidenses y de la entidad israelí.
El discurso marroquí sobre la negociación directa no es más que una distracción. No pretende resolver el conflicto, sino diluir las responsabilidades, eludir el derecho internacional e imponer un hecho consumado bajo el paraguas estadounidense. El pueblo saharaui, una vez más, queda excluido de su propio destino.
Hay que llamar a las cosas por su nombre. Lo que está en juego hoy no es una negociación, sino un intento de liquidación política de la cuestión saharaui. No es una búsqueda de la paz, sino una normalización de la ocupación. Mientras el referéndum siga enterrado, mientras la autonomía siga siendo una palabra vacía, y mientras Washington continúe actuando como abogado del diablo y del Majzén, el Sáhara Occidental seguirá siendo un territorio ocupado y un símbolo clamoroso del derrumbe del derecho internacional. Para reflexionar…
El Ghayeb Lamine
Fuente : La patrie news, 07/01/2026