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Hay cambios de rumbo políticos que se explican por decisiones estratégicas y otros que se asemejan a acertijos. Cuando Pedro Sánchez, en 2022, y luego Emmanuel Macron, en el verano de 2024, reconocieron sucesivamente la preeminencia del plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental, el mundo diplomático, atónito, no entendió nada…
Dos jefes de Estado, uno socialista, el otro centrista, decidiendo casi en solitario un cambio de línea importante en una cuestión tan sensible, sin consulta parlamentaria ni debate nacional.
Esto ha llevado a los observadores a plantear la pregunta que las cancillerías no se atreven a formular en voz alta: ¿por qué estos giros repentinos, y por qué ahora?
Aparentemente, Francia y España quisieron «pasar página» a las tensiones con Rabat. Para Madrid, se trataba de poner fin a una crisis fronteriza que había visto, en mayo de 2021, a miles de migrantes cruzar las vallas de Ceuta y Melilla, después de que Marruecos permitiera la apertura de las compuertas migratorias para protestar contra la acogida en España del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali.
Para París, las relaciones bilaterales con Rabat estaban congeladas desde hacía varios años: el embajador de Marruecos había sido llamado a consultas, los intercambios políticos suspendidos y los visados drásticamente reducidos.
En ambos casos, Rabat exigía una contrapartida clara: el reconocimiento de su plan de autonomía como «base única» de negociación.
Sánchez y luego Macron cedieron. Pero esta doble rendición diplomática, llevada a cabo sin concertación y en contra de las tradiciones de prudencia de ambos países, plantea una pregunta vertiginosa: ¿se tomaron estas decisiones libremente?
¿Información Comprometedora en Posesión del Majzén?
Para comprender las sospechas, hay que remontarse al caso Pegasus. Este software espía, diseñado por la empresa israelí NSO, estuvo en el centro de un escándalo mundial en 2021: un consorcio de medios, incluidos Le Monde, The Guardian y Washington Post, reveló que miles de personalidades —periodistas, activistas, líderes políticos— habían sido objetivo de este programa, capaz de extraer todos los datos de un teléfono sin la menor acción por parte del usuario.
Entre los nombres que figuran en la base de datos: Emmanuel Macron, varios ministros franceses y el propio Pedro Sánchez.
En mayo de 2022, Madrid reconoció oficialmente que el teléfono del presidente del Gobierno español había sido infectado por Pegasus. ¿El origen probable? Servicios de inteligencia extranjeros, entre los que las miradas ya se dirigían hacia Rabat.
En Francia, el Elíseo minimizó la amenaza durante mucho tiempo, pero Forbidden Stories y Amnistía Internacional confirmaron que el presidente Macron figuraba en la lista de objetivos potenciales del software. Se detectaron rastros técnicos de infección en al menos dos de sus dispositivos profesionales.
Estos elementos no constituyen una prueba directa de piratería por parte de Marruecos… pero establecen la posibilidad —y, sobre todo, la oportunidad.
Marruecos, por su parte, siempre ha negado haber utilizado Pegasus para espiar a líderes extranjeros. Sin embargo, varias investigaciones periodísticas y procedimientos judiciales en Francia han demostrado que números pertenecientes a funcionarios franceses figuraban efectivamente entre los objetivos asociados a las infraestructuras marroquíes de NSO. A partir de entonces, una hipótesis toma forma: el Majzén podría haber tenido información comprometedora, o simplemente sensible, sobre jefes de Estado extranjeros, y la habría utilizado como palanca diplomática.
¿Un chantaje de Estado? La idea no es descabellada. Las herramientas tecnológicas y el contexto geopolítico la convierten en una hipótesis realista, aunque ninguna prueba pública e irrefutable ha establecido, hasta la fecha, tal operación.
El Caso Español es Revelador
Pedro Sánchez dio, en marzo de 2022, un giro de 180 grados en la cuestión del Sáhara, rompiendo con la posición histórica de neutralidad de Madrid. Ni el Parlamento ni siquiera su ministro de Asuntos Exteriores fueron consultados plenamente. Esta decisión, tomada mediante una carta personal dirigida al rey Mohammed VI, desencadenó la ira de Argelia, principal proveedor de gas de España. Al mismo tiempo, dos asuntos vinieron a debilitar a Sánchez: la revelación del espionaje de su teléfono por Pegasus, y la apertura de una investigación contra su esposa, Begoña Gómez, acusada de haberse beneficiado de ventajas en contratos relacionados con empresas marroquíes. El presidente del Gobierno clamó complot, denunció «ataques políticos», pero el daño estaba hecho, la opinión pública dudaba, y Rabat obtenía lo que reclamaba desde hacía años.
¿Podemos creer en una coincidencia? La duda está permitida. Sánchez, debilitado política y personalmente, estaba en una posición ideal para sufrir presiones. Si Marruecos disponía de información comprometedora procedente de Pegasus, solo habría tenido que agitar la amenaza de una fuga para salirse con la suya. Ninguna prueba formal de este chantaje se ha hecho pública, pero la simultaneidad de los acontecimientos resulta inquietante: un espionaje probado, una fragilidad personal, y una decisión política contraria a toda lógica nacional.
Todo se Hace en Secreto
Dos años después, la historia parece repetirse en París, en julio de 2024. Emmanuel Macron anuncia en una carta al rey de Marruecos su apoyo al plan de autonomía para el Sáhara Occidental. Una vez más, la decisión sorprende: ningún debate en la Asamblea, ninguna consulta al Quai d’Orsay, ninguna coordinación con Argel, sin embargo, socio estratégico y energético de Francia. Todo se hace en secreto, como un gesto personal, casi íntimo, hacia el soberano marroquí. ¿Por qué esta prisa? ¿Por qué en ese momento?
Los teléfonos del presidente francés, se sabe, habían sido infectados por Pegasus ya en 2021. Fuentes cercanas a la seguridad nacional confirmaron en su momento que varios terminales tuvieron que ser cambiados de urgencia. París no podía afirmar que se hubieran extraído datos sensibles, pero la probabilidad es alta. ¿Qué podían contener estos teléfonos? ¿Intercambios personales, políticos o financieros? Nadie lo sabe. Pero la idea de que una potencia extranjera pueda tener acceso —o fragmentos de información comprometedora— sobre el presidente francés es suficiente para plantear una duda profunda sobre la libertad real de ciertas decisiones diplomáticas.
En este asunto, un nombre vuelve a aparecer: Alexandre Benalla. Antiguo colaborador de Emmanuel Macron, hombre de sombra con un pasado turbio, mantiene desde hace varios años vínculos comerciales con redes influyentes en el Magreb. Varias investigaciones de prensa (en particular Mediapart y Africa Intelligence) han mencionado sus repetidos viajes a Marruecos y sus contactos en los círculos cercanos al poder. Nada, sin embargo, prueba que haya desempeñado un papel directo en un posible chantaje. Pero la coincidencia de estas relaciones y su conocimiento íntimo de los círculos presidenciales alimentan las especulaciones. Si un intermediario hubiera sido necesario para transmitir un mensaje «amistoso» del Majzén a París, Benalla podría haber sido, en condicional, uno de los vectores. Marruecos se empeña en mostrar que no recurre a nada más que a la presión no convencional para obtener concesiones internacionales.
Las crisis migratorias en Ceuta y Melilla son un ejemplo de ello. Rabat utilizó abiertamente los flujos migratorios como palanca para obligar a Madrid a cambiar su posición. Del mismo modo, varios informes europeos han documentado prácticas de influencia financiera, lobbying oculto y corrupción imputables a eurodiputados favorables a las posiciones marroquíes —el «Qatargate» incluso reveló ramificaciones marroquíes en la financiación de influencia dentro del Parlamento Europeo.
En este contexto, la hipótesis de un chantaje digital cobra toda su intensidad. El Majzén, diabólico y pragmático, combina diplomacia económica, control migratorio, espionaje tecnológico y red de influencia para imponer su narrativa. El Sáhara Occidental no es solo una causa nacional: es la clave de bóveda de su legitimidad interior e internacional. Obtener el reconocimiento del plan de autonomía es transformar un conflicto postcolonial en una victoria diplomática definitiva. Y para alcanzar este objetivo, Rabat parece dispuesto a utilizar todas las armas, incluidas las de la sombra.
La Sucesión de los Hechos Interpela
Ciertamente, ninguna autoridad judicial ha probado aún que se haya ejercido un chantaje explícito sobre Pedro Sánchez o Emmanuel Macron. Pero la sucesión de los hechos interpela:
- Dos líderes europeos espiados por Pegasus, cuyas huellas técnicas remiten a las infraestructuras marroquíes;
- Dos decisiones políticas unilaterales, indiferentes a las posiciones tradicionales de sus países;
- Dos contextos personales frágiles —uno político y familiar (Sánchez), el otro relacional y tecnológico (Macron);
- Y, al fin y al cabo, dos cartas dirigidas directamente al rey de Marruecos, sellando la victoria diplomática de Rabat.
En toda lógica política, los intereses tanto de Madrid como de París deberían haberles empujado a preservar un equilibrio con Argel, socio energético y aliado estratégico en materia de lucha antiterrorista. Sin embargo, ambas capitales asumieron el riesgo de una ruptura con Argelia, sin la menor compensación aparente. ¿Cómo explicar esta elección? ¿Por la sola voluntad de apaciguar a Rabat? ¿Por una repentina toma de conciencia de la «pertinencia» del plan marroquí? La hipótesis es débil. En cambio, la de una presión ejercida por un medio invisible —datos, secretos, grabaciones— parece, a la vista del contexto, mucho más convincente.
Lo que más inquieta es el silencio europeo. Ni la Comisión ni el Parlamento Europeo, tan rápidos en denunciar las injerencias rusas o chinas, se han atrevido a cuestionar públicamente a Marruecos por estos asuntos de espionaje. Peor aún: la normalización de las relaciones entre Rabat y varios países europeos parece haber confirmado el hecho consumado. ¿Aceptan ahora las democracias europeas que sus líderes sean vigilados, o incluso manipulados, en nombre de la estabilidad regional?
Si este es el caso, el problema supera con creces la cuestión del Sáhara Occidental. Toca el corazón mismo de la soberanía política europea.
El caso Pegasus, el giro español, el cambio de rumbo francés, son otras tantas piezas de un inquietante rompecabezas. Dibujan el rostro de una diplomacia bajo coacción, donde las decisiones públicas podrían estar influenciadas por presiones secretas. No es la primera vez que la inteligencia se inmiscuye en la política; pero nunca, hasta ahora, se había sospechado que un Estado amigo, aliado por la historia y la cultura, pudiera utilizar tales medios para imponer su agenda. Si el chantaje digital resultara ser cierto, marcaría un precedente peligroso: el de una diplomacia esclavizada por las herramientas de vigilancia, de una Europa vulnerable a la corrupción de la información.
Mientras tanto, la duda persiste, y pesa mucho. Mientras no se arroje luz sobre el papel de Pegasus y las verdaderas razones de estos cambios de rumbo, la sombra de la sospecha seguirá planeando sobre París y Madrid. Mientras tanto, Rabat saborea victorias diplomáticas tan brillantes como artificiales, construidas sobre la opacidad, la manipulación y la inmoralidad. Y mientras las democracias occidentales desvían su mirada, negándose a afrontar sus propias contradicciones, a aturdirse con ilusiones construidas, a auto-tranquilizarse, prolongando la era de las apariencias y los silencios cómplices.
M. F.
Fuente : Le Soir d’Algérie

